sábado, 8 de agosto de 2015

PALABRA 4


A pesar de no haber sido nunca una persona hermosa sentía el ímpetu y las ganas de conseguir sueños y de cambiar el mundo, un poquito, a mejor. El vigor iba en aumento y así alcanzó la plenitud de la vida. Máxima salud, máximas ganas.

La primera cana no le preocupó. Las siguientes las disimuló. Los trazos de las expresiones en su cara se acentuaban con los meses. En las fotos se dejó de reconocer. La elasticidad de la piel cambiaba y las fuerzas la abandonaban. La belleza se iba y la experiencia y las marcas se quedaban. Sentirse joven en un envoltorio que se iba deteriorando sin remedio. Difícil de asumir. Imposible de recuperar. 

Amanecía pensando que ya llegaba a otra fase sin vuelta atrás y no sabía ser feliz.

Hasta que un día la muerte le sopló el rostro, pudiendo respirar su pútrido aliento provocándole náuseas. Entonces deseó con todo su veterano ser seguir viviendo.


Y entendió que la vida no es solo un cuerpo; que el cuerpo es bonito porque alberga un alma que jamás debería perder la luz de su sonrisa.